
No hay escena de amor que no tenga, de por medio, un puente o una estación. No sé que tienen, pero no fallan, y en el cine y la literatura no pueden faltar. Más si conllevan algo de rebeldía. En el cine y en la literatura desde luego no pueden faltar, si se quiere ser un apasionado. El Puente de Triana y sus candados son un buen ejemplo. He pasado mil veces por él, pero nunca me di cuenta – voy siempre en mi mundo- de semejante manifestación de amor. De los cientos de candados que descubrí el pasado septiembre, cuando me encaminé a despedir a una amiga que se marchaba al extranjero. Me deslumbraron. Los había, al igual que ocurre en el amor, de todos los tipos y tamaños.
Imaginen la escena. La pareja pasea entrelazada por el puente y de repente, al azar, eligen en que parte de la baranda inmortalizar su amor. Entonces, dejan un recuerdo en la baranda, un candado con la fecha del noviazgo y sus nombres, para luego tirar la llave al Guadalquivir. Vale, no es original, tampoco es nuevo. Todo viene de Tengo ganas de ti, un libro de Federico Moccia. En un pasaje del libro los protagonistas sellan su amor cerrando un candado en el Puente Milvio de Roma. Basta que algo guste para que se imite y se convierta en moda. Pero, han de reconocer que la idea tiene su encanto.
Tanta espontaneidad no ha sentado bien a todo el mundo. Sobre todo a los más conservadores que no quieren ver como el aspecto del puente más emblemáticos de la ciudad (considerado Bien de Interés Cultural) se altera con tanto acero. Menos gustó a quienes hacen de oposición. Por eso el Ayuntamiento tomó, hace una par de meses, cartas en el asunto. Así, cada quince días los candados se cortan con un radial. Todo para intentar cambiar la costumbre. De hecho, ya han quitado cientos. Tanto acero no puede desaprovecharse, por ese motivo todos los candados irán a la Facultad de Bellas Artes para que los alumnos creen futuras piezas artísticas. Pero, el amor es tozudo y cabezota. No acababan de quitar los que ya estaban y aparecieron más, que ahora están esperando a que un radial -en manos de un operario- funda su amor. Una prueba más de que la rebeldía gusta.
No llueve a gusto de todo el mundo, eso está claro. Pero, quieren que les diga la verdad, a mí no me molestaban mucho. Siempre se pueden quitar, basta con cortarlos. Prefiero eso, a que alguien me pinte “Yonathan por Jessica” en uno de los muros, por ejemplo, de la Catedral de Sevilla, o de cualquier otro monumento.