Muere un beso

25 06 2010

Desde hace unos días ando bastante liado, muy desconectado del mundo, salvo por el trabajo, y con muy poco tiempo para escribir. Por eso es normal que haya muchas cosas que me han pasado desapercibidas. Esta es una de ellas, y es del otro día. Ha muerto uno de los protagonistas del beso más famoso de la Historia de la Fotografía. Sí, la enfermera que en 1945 se encontró de forma espontánea besándose con un marinero que celebraba de esta forma el fin de la II Guerra Mundial.

Edith Shain, como se llama la enfermera, ha muerto a los 91 años. Y no fue hasta 1970 cuando salió del anonimato, al desvelarle al propio fotógrafo que era ella la del eufórico beso. Desde entonces, participó en cientos de actos, charlas sobre la guerra y repitió el beso cada año como homenaje. En cuanto al marinero, su identidad es un enigma.

Les pinto la fotografía. Nueva York, 1945. Japón se rinde incondicionalmente y se anuncia por los luminosos de Time Square. La gente estalla de júbilo, hay quien sale a la calle. La euforia recorre las calles de la Gran Manzana, la Guerra ha terminado y ellos han ganado. De repente, un marinero corre por la avenida besando a quien puede; y de pronto agarra a una enfermera y la besa apasionadamente. Click, Click. De la nada ha aparecido un fotógrafo que caza la escena. Es Alfred Eisenstaedt, de Life; y su beso se convertirá en portada y en todo un mito. Resume el sentir de todo lo que vendrá después.

He visto esta foto miles de veces cuando estudiaba Historia Contemporánea; y la he visto una y otra vez por gusto propio; y no me canso de ella. Hay situaciones que tienen esa chispa que nos atrapa, que captan esa esencia de espontaneidad, ese cúmulo de sensaciones; y que hablan por si solas porque lo cuentan todo. A pesar de que me digan que pudo ser trucada. Es la magia del momento. Y el momento es efímero, pasa en segundos; estás en el sitio en el momento oportuno o no lo cuentas. Eso forma parte de la grandeza. Muchas veces tengo envidia del fotógrafo, ya me hubiera gustado ser quien disparaba la cámara. Uno estudia Periodismo para soñar despierto con poder contar una historia como esta algún día.





Ofrendas y hogueras

24 06 2010

Hace un rato me subía por las paredes porque me muero de calor, a pesar de la cerveza. Y mi cabeza ya estaba buscando la brisa del mar y el olor a candela, mientras dejaba escapar el humo del cigarro. No lo puedo evitar la costumbre me pide estar en la playa y más en San Juan. No sé qué tienen estas noches, pero son especiales; y eso que no soy supersticioso. Siempre me dijeron que es la noche en la que todos los conjuros son posibles; y creo que eso bastó para que mi imaginación echara a volar.

Celebrar la magia del solsticio de verano y la noche más corta del año tenían su punto (aunque fuera dos días antes); ya no había más clases, así que ya era verano de verdad. Para otros era el día de pedir y desear que todos los problemas se solucionaran. Lo mejor eran las hogueras, cuando las permitían; el cono de papas, y los fuegos artificiales. Con los años comprendí que daba igual que nunca se cumpliera nada de lo que pedía, porque más importante que la verdad era lo que simboliza, esas cosas que no se pueden tocar, como la ilusión. Luego, el 23 se convirtió en una buena excusa para tomarse unas cervezas y llegar a casa a las seis del día siguiente. En realidad, aún lo es. Pero, la verdadera magia son las cuatro o cinco cervezas que te bebes con tus amigos en la playa. Lo mágico es esa brisa que  resiste a la llegada del verano y hace que te cruces de brazos.

Pero sobre todo, me encantan las historias del día de San Juan y cada uno tiene una. La primera cita, el primer beso, un deseo, un reencuentro, una plegaria, una celebración; o en mi caso, la primera parranda del verano. Ahora perdió el encanto porque toca estudiar y mucho. Mal asunto desde que vine hace seis años a estudiar Sevilla. Las cosas de estudiar fuera de casa. En días como hoy hecho de menos Las Palmas;  y desearía dar cuenta de una buena Tropical en el Paseo de las Canteras.

Dice la tradición que hay lanzar una manzana al mar, un pañuelo junto a la lista de problemas  y después bañarse. No sé si alguien lo habrá hecho por mí en Las Canteras. Es poco probable. No pasa nada, el próximo año ya arrojaré a la hoguera los apuntes de mi última asignatura de la carrera.








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