Todo podía empezar de perfil; con un trazo curvilíneo y regordete que se dibujaba en el negro de la pantalla. Eso era suficiente para que muchos tembláramos, porque el crimen rondaba cerca. Si, se trata de Sir Alfred Hitchcock; y un día como el pasado jueves hizo 30 años que su silueta se desvaneció. Y 30 años sin él es mucho. Desde ese día el mundo es un poco peor.
Hitch dejo al mundo del cine regalos enormes como El hombre que sabía demasiado, 39 Escalones, Recuerda, Encadenados, Atrapa a un ladrón, Vértigo, Psicosis, o Marnie, la ladrona. Pero Hitchcock es mucho más que su cine. Británico, de aspecto simpático y distraído, hizo del asesinato su forma de vida; y nos enseñó que eso de matar era un arte. Solo había que darle un motivo; el asesinato y la historia corrían de su cuenta. Con él ya nada fue igual. Se sumergió en nuestro subconsciente hasta encontrar nuestros miedos, jugó con ellos; llevó al límite nuestras aversiones para desvelarnos que, en ocasiones, el pasado lo era todo.
Con su cine hicimos un cursillo avanzado sobre el asesinato y la psicología del criminal para comprender que con él nada es lo que parece. Nunca mostraba las cosas, las sugería porque era más interesante. Y de sus clases aprendimos algunas cosas esenciales. Lo básico; que todo tiene un motivo; que hay que temer lo que no podemos ver; y a intuir que quien calla es siempre un posible criminal. Los mayordomos le deben a Hitchcock dejar de ser sospechosos, porque al final no mataron a nadie. Los más avanzados le debemos que nos enseñara qué ocurre cuando se sabe demasiado o cuando te confunden con otro; los peligros de ser cotilla y espiar a tu vecino de enfrente por una Ventana indiscreta; y a templar los nervios porque bien te delatan, o bien estrangulas a tu querido amigo con La soga.
Hollywood nunca le concedió un OSCAR; perdón porque miento, en realidad sí le dieron uno, pero honorífico. Fue en 1968; la Academia quiso salvar la cara y darle un reconocimiento; todo, por si se moría algún día, así no quedaban mal. Cosas de la Meca del cine. No se sentó nunca en el banquillo de los acusados, pero bien podría haberlo hecho por culpable. Él tuvo la idea de rodar, por ejemplo, una de las escenas más imitadas en las películas de suspense. Desde entonces las duchas ya no me dan miedo porque sé lo que puede ocurrir. A ese cargo se le suman otros, tales como: hacer que la muerte persiguiera los talones de Gary Grant, poner al borde de la muerte a Grace Kelly en un fallido Crimen perfecto; que nos entren ganas de matar a ciertos impertinentes que no se rinden ante la primera negativa; y sobre todo que nos encanten las rubias.
Cuando se enciende la luz, al final de todo; de esa sonrisa fría y sobrecogedora de Psicosis sabemos que se esconden unas ganas tremendas de sorprendernos. Nadie quiso matarnos. Solo hubo ansiedad por jugar con nosotros, al hacer que tacháramos una y otra vez el nombre de nuestro candidato a asesino. Siempre sucede igual, nunca acertamos. Es lo que tiene jugar contra el maestro. En el peor de los casos comprobamos que el Crimen Perfecto es un mito. Si no, al menos, nos queda el consuelo de que lo reconocimos dentro de su película.
